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lunes, 4 de abril de 2016

Aprender con gestos

Por Xiaoling Wang*
Las películas mudas se caracterizaban por tener actuaciones muy gestuales y enfáticas. Los actores conseguían expresar sus sentimientos e inquietudes valiéndose únicamente de su cara y su cuerpo, permitiendo así que los espectadores pudiesen seguir la trama de la película sin necesidad de sonidos.
En mi opinión, este método es aplicable a la enseñanza de idiomas, especialmente a la hora de trabajar con niños, ya que éstos no tienen aún la capacidad suficiente para expresarse oralmente en otro idioma. El profesor podría utilizar los gestos en la clase como una manera de complementar su enseñanza.
Antiguamente, el lenguaje gestual ya funcionaba como un medio eficaz para comunicarse. En la Antigua China los comerciantes inventaron unos gestos para expresar los números, pues en China existen numerosas naciones y cada una de ellas tiene su propio dialecto. El establecimiento de unos símbolos comunes para los números garantizaba el poder hacer negocios sin malentendidos. 
Desde la perspectiva de la Semiótica, los propios gestos se convierten también en significantes que portan significados sin necesidad de sonidos o acompañan a estos sonidos complementándolos. 
Según Gabriele Paschek, “al parecer, los gestos ayudan a la memoria operativa a focalizar la palabra buscada. [1]” Por ejemplo, el hecho de realizar inconscientemente el gesto de los números al decir los números del uno al diez. [2] En la clase de chino para niños de entre cinco y seis años, unos pocos gestos les ayudarán a recordar palabras de manera más efectiva, estos gestos serían: agitar la mano cuando aprenden a decir hola, levantar el pulgar para expresar “Estoy bien” en chino, etc.. 
Respecto a los cuatro tonos de Pinyin [3] representan una de las mayores dificultades en el aprendizaje del chino. Para facilitar su estudio los gestos constituyen un método muy eficaz. Para enseñar palabras en pinyin, los profesores pueden apoyarse en la realización de gestos con las manos, imitando así la forma de los tonos (— / ∨  ﹨). Poco a poco, los movimientos irán dejando huella en el cerebro de los alumnos, que irán asociando los gestos al pinyin. En mi experiencia, he podido observar cómo algunos alumnos no sólo hacen los gestos con la mano sino también con la cabeza, moviéndola en distinta dirección según el tono que corresponda.


Por otro lado, debemos señalar que los gestos fomentarán la memoria de los alumnos y le ayudarán a establecer conexiones entre los contenidos que repiten de forma mecánica y su verdadero significado.
Un buen ejemplo de la efectividad de asociar gesto y conocimiento es la popular canción infantil “Head, shoulders, knees and toes”, que también tiene su versión china. La letra de la canción está compuesta por el vocabulario de las partes de cuerpo como; cabeza, hombro, rodilla, pie, ojos, orejas, nariz, boca, etc. Siempre que enseño esta canción a mis alumnos la acompañamos de gestos, señalando las partes del cuerpo que va indicando la canción. 
Un día, durante la realización de un examen, una de las preguntas hacía referencia a las partes de cuerpo, que los alumnos debían emparejar con su dibujo correspondiente. Al cabo de un tiempo de empezar el examen, pude escuchar como uno de los alumnos estaba cantando y haciendo los gestos de la canción para recordar el vocabulario, y cómo sus compañeros lo imitaban para encontrar la respuesta correcta. 

Desde el punto de vista de la psicología histórico-cultural, los profesores juegan un papel social importante en el aprendizaje. Cuando un profesor tiene una actitud de mero transmisor, “el de un experto que ´deposita´ o ´vuelca´ su conocimiento sobre los estudiantes” solo podremos optar a “conseguir una acumulación de conocimientos memorizados y compartimentados, que el alumno no podría utilizar como base para otros aprendizajes y que, en el mejor de los casos, terminaría por olvidar”. [4]  Por ello, es importante que el profesor no sea un transmisor, sino que actúe como instructor de sus alumnos, guiándolos y fomentando la construcción de su propio aprendizaje. 
Aunque tienen sus límites, considero que enseñar a través de gestos sería un buen método para fomentar la memorización de nuevos conocimientos, a la vez que favorecemos una buena interacción entre el profesor y los alumnos, creando un clima de seguridad y confianza en el aula. Además, esto nos permitiría dejar un poco de lado el aprendizaje a través exclusivamente de la memorización, y favorecer un aprendizaje donde los conocimientos se asimilen de forma más novedosa y lúdica, pasando a formar parte de la rutina diaria de la clase.


[1] Gabriele Pashek, Gestos para recordar palabras, Cuadernos Mente y Cerebro, No.11, 2015.
[2] Normalmente, los gestos numéricos chinos sólo representan del número 1 al 10.
[3] Sistema de transcripción fonética del idioma chino.
[4] Cubero, R., Cubero, M., Santamaría, A., Saavedra, J., Yossef, J. 2007. Aprendizaje y Psicología Histórico-Cultural. Aportaciones de una perspectiva social del aula. Universidad de Sevilla, Investigación en la escuela, No. 62.



* Xiaoling Wang es licenciada en Pedagogía, Máster en Periodismo por la UCM, en donde realiza su doctorado actualmente.




miércoles, 23 de septiembre de 2015

Los hablantes enfrentados*

Joaquín Mª Aguirre (UCM)**
Hace unos días tuvimos ocasión de ver en nuestro seminario de trabajo doctoral una notable película, una película de esas que pasan desapercibidas para el gran público. Se trata de la película del director norteamericano de origen chino, Wayne Wang, y su título es "Mil años de oración" (A Thousand Years of Good Prayers 2007). En España, mereció la Concha de Oro del Festival de San Sebastián, de lo cual me alegro mucho.
A diferencia de otras películas muy comerciales de Wang, "Mil años de oración" es una pequeña joya intimista —así la calificaron con razón algunos críticos— basada en un relato de la escritora china, también afincada en los Estados Unidos, Yiyun Li. Entre sus grandes producciones de Hollywood (Sucedió en Manhattan, El club de la buena estrella, Las últimas vacaciones, etc.), Wang introduce algunas piezas independientes como la también celebrada y premiada Smoke (1995) para la que contó con material literario de Paul Auster. Nos muestra así la doble cara de un cineasta que, como muchos otros, se embarcan en los proyectos de la industria y salvan su alma mediante estas películas en las que puede expresar otro tipo de cosas.
En este caso, el de Mil años de oración, Wang contó con el material literario de la escritora china Yiyun Li (contó con ella para La princesa de Nebraska, 2008), quien tiene una gran valoración por parte de la crítica norteamericana que la considerada una autora relevante de su generación. Li llegó a Estados Unidos para estudiar Ciencias y se decantó por la Literatura, que también es una forma de ver el mundo, pero desde las irregularidades universales. Yiyun Li realizó el guión de la película, una magistral descripción, a través de detalles, palabras y silencios de las relaciones entre una hija, Yilan, y su padre que va a visitarla a los Estados Unidos después del divorcio de ella tras doce años de no verse.
De todos los riquísimos contenidos y motivos de reflexión, me interesa resaltar aquí el que se refiere al problema del lenguaje tal como es expresado a través de la comunicación entre el padre, portador de una visión del mundo, y la hija sufridora de esa visión paterna y superviviente a través de la distancia.
En uno de los momentos cumbre de la película el diálogo se centra en la distancia enorme entre lo que ella puede expresar en su lengua natal, el chino, y lo que puede expresar en su lengua cotidiana adoptada, el inglés.
El trabajo magistral de los dos actores (Henry O, el padre, y Faye Lu, la hija) permite comprender el cambio que ambos experimentan cuando usan el idioma que no es el suyo. Allí donde el padre usa un inglés imperfecto, que tiene que recurrir al gesto, a la onomatopeya para ser medianamente entendido, la hija se comporta de una manera muy distinta. Hasta la risa le cambia a Yilan cuando habla en inglés por teléfono, detalle que no se le escapara a su padre, quien la calificará como "risa obscena".

Evidentemente no se trata de que el idioma chino tenga dificultades para mostrar los sentimientos o establecer la comunicación. Toda la película nos muestra el esfuerzo real de las personas por comunicarse con los de otras lenguas y nos muestra cómo tienen problemas comunes con sus familias respectivas. Les es más fácil comunicarse con extraños que con los más próximos.
En la película, el caso más evidente es el personaje de "Madam", una mujer mayor iraní que chapurrea algo de inglés, pero que se dirige al padre de Yilan en farsi, de la misma manera que él se dirige a ella en chino cuando les faltan las palabras en inglés.
El minucioso trabajo de recopilar las palabras que no entiende escribiéndolas en su pequeña libreta nos muestra la voluntad comunicadora del señor Shi, el padre de Yilan. Los primeros planos de la película nos lo muestran con las amistades que ha hecho en el avión deurante el viaje a los Estados Unidos y el último nos lo muestra explicando sus fantasías en un tren a su compañera de viaje. El señor Shi es un gran comunicador... menos con su hija Yilan y su difunta esposa. En su vida comunicativa familiar solo ha levantado barreras y sembrado mentiras, impostura y fingimiento.
La lengua sirve de excusa para mostrar que la callada Yilan solo lo es ante su padre. No es la lengua, sino la lengua encarnada, la lengua viva que se cristaliza en las relaciones entre las personas delimitando las formas y posibilidades de comunicación entre ellas. Como ella explica muy bien a su padre, el hecho de no poder hablar de sus sentimientos con él ha hecho que le sea más fácil expresarlos en una lengua nueva, lejos de las cortapisas que las relaciones familiares le imponían.
Cuando Yilan recibe llamadas, se encierra en su cuarto porque la mirada del padre es ya un obstáculo para poder expresar sus sentimientos. En este sentido, la película es un ejercicio magistral de demostración de que la lengua es algo más que las palabras, que los diccionario son abstracciones de la vida y que las palabras y la forma de comunicarlas forman una unidad pragmática.


Frente a lenguaje explicado como código lingüístico, la Pragmática trata de establecer las condiciones contextuales en las que se da la comunicación. A la estabilidad de la gramática, que garantiza la legibilidad por la cohesión del discurso, la semántica empieza a tener variaciones con el uso de los sujetos para quienes las palabras pueden tener vinculados sentidos peculiares, especiales en función de su experiencia. Pero más allá de esto, están los hablantes enfrentados.
El diálogo es diferente en cada situación y muchas de ellas son traumáticas, como ocurre en el caso de Yilan y el señor Shi, su padre. Toda palabra está cargada entonces de las circunstancias de la vida entera; sobre cada sonido caen los ecos de las palabras dichas en situaciones que la memoria evoca en un ejercicio automático de recuperación, muchas veces involuntario. En diálogo, la comunicación, se realiza bajo tensión.
Es el peculiar oído del escritor y del actor en estos casos el que puede convertir el diálogo de un relato en un acto de realidad, de autenticidad lingüística si más allá de la norma de la lengua logra plasmar en las palabras la encarnación de sus personajes, de sus historias y motivos. Hay un diálogo trivial en el que solo pretendemos hacernos ver ante los otros y no mostrar nada, pero hay otras situaciones en las que el acto comunicativo —en el que el cuerpo acompaña al sonido en su tensión, porque el cuerpo responde antes que la mente consciente— se convierte en espacio traumático en el que desembocan los ríos de toda una vida de conflictos reprimidos, de sentimientos escondidos. "No te quiero herir", es la frase —que aparece en la película—  que se dice después de ser pensada millones de veces.

La escritora Yiyun Li
Me interesaban sobre manera las respuestas de mis estudiantes chinos ante la película. Después de verla se suscito un animado debate y pudimos escarbar en lo que hay tras las palabras. Ellos también tienen un lenguaje nuevo en el que expresar emociones nuevas o las que tenían antes y no podían expresar en el propio, como en el caso de Yilan y su padre. Durante la película pude escuchar risas en muchos momentos de ironía, momentos del desvelamiento de la figura del padre y también silencios profundos en los momentos en los que afloraban los dramas de la debilidad descubierta, de las falsedades repetidas una y otra vez porque es el papel que se elige o te imponen para representar. Dice Yilan en la película que si las familias fueran felices no existiría la literatura tradicional china. Probablemente la de ningún lugar. El gran misterio es porque las relaciones con las personas que amas se acaban convirtiendo en traumáticas y los roles familiares acaban construyendo muros insalvables a los que solo la distancia pone algún pobre remedio. Sí, los literatos tienen mucho material a su disposición en todas las culturas.
La fluidez de la comunicación debería avanzar frente a la rigidez de los papeles familiares. Las nuevas generaciones viven el impacto de esas distancias que los roles imponen. Hablar —y hacerlo sinceramente— no es siempre posible. El mundo cambia muy deprisa los roles familiares no tanto porque se reproduce el modelo aprendido. Y con él, las distancias.
Les he pedido que escriban sus ideas sobre esta película y así volcar en palabras lo que les parece. Así aprenderé yo de ellos todas esas cosas que se nos quedan en los ángulos muertos de la ceguera cultural, que son muchas. En el coloquio, algunas personas que habitualmente hablan poco, esta vez hablaron mucho.

* Este texto ha sido publicado el 20/09/2015 en Pisando charcos.

 ** Joaquín Mª Aguirre es profesor de la UCM, crítico, editor de la revista de estudios literarios Espéculo y del blog El juego sin final. Su blog diario es Pisando charcos.